El anillo encantado

El anillo reposaba encima de la mesa. Estela solo apartó los ojos de la piedra azul cuando Tea le tendió la mantita.
–¿Puedo apagar la luz?
La niña asintió sentada en el sofá. Tea accionó el interruptor y se marchó a su habitación.
Estela permaneció inmóvil en la oscuridad del humilde y desconocido salón. La ventana no tenía cortinas. Las fotos la miraban sin ojos. Las plantas la escuchaban sin oídos. De repente, un haz de luna se coló en la estancia y se reflejó en el anillo.

Estela se inclinó hacia adelante para verlo más de cerca. La joya parecía beber de aquella luz y comenzó a latir levemente. Estela imaginó el corazón de una estrella de hielo. El color azul oscuro de la superficie se fundió en mil iridiscencias y, de manera casi imperceptible, la luz cobró forma fuera del anillo. Primero se dibujó una voluminosa falda y siguió con un tronco y unos brazos delgados. La figura resultó tener una cabecita redonda coronada por un sombrero cónico casi tan alto como el resto del cuerpo. La muñeca miró a Estela con unos botones negros por ojos.

(Continuará)

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